Este es un cuento recogido en la localidad de Peguche, en la Provincia de Imbabura.

Narrador: Carlor Yacelga

Adaptación: Juan Carlos Lema

EL CHURO Y EL CONEJO

 

Había una vez un conejo bien astuto que hacía trampa a todos los animales del bosque, tenía las arejas largas y peludas como hojas de frailejón y su cuerpo era blanco como la flor de pacunga. Parecía un ángel, pero por las travesuras que hacía, parecía más bien un diablillo.

Nadie podía ante los engaños del conejo,pero en una ocasión cuando se paseaban por el río se encontro con el churo que lentamente se trepaba a una piedra.

-¡Uuuu!¡Uuuu! Con esa boca pegada al suelo, ni me haz de aguantar a una carrera- Dijo el conejo burlándose del churo.

-Ya pues, quién dijo miedo!- Respondió el churo y ese mismo rato acordaron las reglas de la carrera. Tenían que encontrarse a medio día en lo alto de la loma de Pucará, bajar hasta Otavalo y el primero en llegar a la loma de Cotama, sería el ganador.

El conejo se rió del churo y cuando se despidió le dijo:

-Si voz llegas primero silbarás para saber que ya ganaste!

Pero el churo ha sido bien avispado, sin pérdida de tiempo conversó con dos churos idénticos a él y prepararon un sorpresivo plan. 

El trió de churos se dividio para ocupar la posición que le tocaba. EL Churo retador se puso en lo más alto de la loma de Pucará, el segundo se quedó en Otavalo y el tercero se ubicó en la meta. En esas posiciones esperaron hasta que empiece la carrera.

 


 

Cuando arrancó la competencia, el Conejo se detuvo para darle trancos al Churo, mas, se sorprendió al escuchar el silbó de éste anunciando su paso por Otavalo. De la impresión, al Conejo se le templaron las orejas y ¿pitado corrió sin más espera! Para su sorpresa, a poco rato se escuchó el segundo silbido desde la loma de Cotama.

-¡Ya vez Conejo, te gané! -Le dijo el Churo con toda tranquilidad.

El Conejo sin explicarse lo sucedido, se justificó diciendo

-¡Lo que pasa es que te di trancos, si quieres corramos de nuevo!

Hicieron una nueva carrera y ocurrió lo mismo una y otra vez, a pesar de que el Conejo ya no le dio ninguna ventaja. El Conejo obsesionado por ganar, corrió y corrió hasta que se le reventó la hiel y los churos, triunfantes dejaron de silbar.

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